Presentacion del libro “Apuntes para una historia de Orihuela del Tremedal”

Es difícil encontrar en los tiempos que vivimos personas que desinteresada­mente adopten una actitud ante la vida basada en la defensa de los intereses de la comunidad, en la protección del acervo cultural que define la idiosincracia de sus habitantes y comprometido en la divulgación del pasado histórico de las tierras que le vieron crecer. Sin duda, D. José María Miguel Poves es una grata excepción, secretario del Ayuntamiento de esta localidad durante el período 1907-1916 y autor de la redacción del libro que hoy presentamos: “Apuntes para una historia de Orihuela del Tremedal”.

En cuanto a su aspecto formal hemos pretendido que el libreto quedase tal cual la edición de 1935. Unicamente se han incluido cuatro fotografías que corres­ponden a otras tantas postales de la época. La composición de la portada ha sido retocada por Alberto Villén para dar más viveza a su colorido y adaptarlo a los cánones que describen el emblema municipal.

Por otra parte, hay que considerar el texto en su correcta dimensión pues se trata de una serie de notas recopiladas por el autor con el fin de facilitar un posterior estudio serio y sistemático de la evolución histórica de este lugar. No se trata, pues, de un trabajo científico.

A través de la sencillez de sus páginas, Poves reproduce una a una sucesivas imágenes de los diferentes aspectos de la evolución de la vida en un pequeño núcleo rural, uno de tantos, pero de especial significación para nosotros. En su exposición trata una amplia gama temática que inicia con la cita de los restos arqueológicos de los alrededores de Orihuela, en su empecinada búsqueda por interpretar los oscuros orígenes de su pueblo, sobremanera el yacimiento celtíbero de El Toril, ya citado en los años 40 por Nicolás Primitivo Gómez y excavado parcialmente por el arqueólogo Jesús Martín Rodrigo en la campaña de 1986, cuya investigación ha disipado las aventuradas teorías de Sánchez Jordán. Habría que añadir el también poblado celtíbero de El Hoyón del Torrejón, las industrias líticas del Bronce de Las Casas y La Cañada del Torrejón, o los yacimientos romanos de Las Tejadas y el alfar del Royo. Destacar el broche visigótico hallado por un investigador alemán, una de las piezas de orfebrería más importantes en toda la región aragonesa. Y sin duda otros muchos que el tiempo se encargará de descubrir.

La descripción de las condiciones edafológicas dan paso a las interesantes noticias sobre los origines cristianos de Orihuela tras la caída de la Taifa berebere de Albarracín y la intronización de la dinastía Azagra. Las antiguas casas de “Oreyue­la” en ningún caso pueden adscribirse dentro del área de influencia de la repobla­ción musulmana de tierras de Molina, como algunos autores postulan.

 

La etapa medieval gira en torno al culto mariano. Las escasas referencias sobre estos siglos propician que la Virgen del Tremedal, los emigmas de su aparición, el encanto de la talla románica… absorba cualquier otro protagonismo. No cabe duda que los monjes cistercienses asentados en las altas cimas del cerro del Tremedal divulgaron la aparición virginal con el fin de monopolizar la buena fuente de ingresos procedentes del culto mariano a través del duro peregrinaje de sus devotos hacia la octogenaria construcción, que según la tradición tenía tantas ventanas como días tiene el año. ¿Qué interés podría tener sino la presencia de viñedos cultivados en Las Lomas durante el siglo XVIII?

Sin embargo, la denominación Virgen del Tremedal es más tardía. Fue a fines del siglo XV, concretamente en 1486, en una aldea rayana con nuestro término, Bronchales, donde se genera una de las más bellas páginas del culto a la Virgen del Tremedal. El molinero de dicha aldea que había comprado la fábrica y útiles de la aceña del concejo, funda una limosna por la que se compromete a entregar una fanega de harina cada año para hacer las tortas que se comían en La Fuente El Canto a repartir entre todos aquellos que iban en peregrinación la víspera de San Juan a “Santa María La Vieja del Alto de Orihuela”. Tradición que por razones que no vienen al caso no hace mucho que se ha perdido. Algunos del lugar aun recuerdan las banderadas de honor realizadas por los hijos de Bronchales ante la imagen de Nuestra Señora.

Los siglos medievales muestran el pulso de las enormes dificultades que se presentan a nuestros paisanos ante la dureza de las condiciones de vida. Los acuerdos con la vecina Motos en 1347 para regular los aprovechamientos de pastos v extracción de leñas en sus dehesas respectivas, los capítulos firmados entre las Comunidades de Albarracín y Molina en 1328 para regular el tráfico de mercancías y ganados por los puestos fronterizos, uno de ellos y de vital trascendencia Orihuela como encrucijada de caminos. La sentencia de El Zarzal de 1402 por roturaciones ilegales de los vecinos de Orihuela realizados en los vedados acostumbrados. O el más ruidoso contencioso de 1407 con tierras de Molina por cuestión de mojoneras, cuya vigencia perduró hasta el siglo XVIII. El entredicho como otros puntos en litigio, queda todavía como recuerdo. Pero el conflicto sobre “marcas” todavía continuaba en el tercer tercio del siglo XV como así se desprende de la asamblea del concejo abierto de Orihuela convocado el 23 de febrero de 1456 en el pórtico de la iglesia de San Millán, presidido por el jurado Joan García y por los regidores Francisco García y Pero Ximenez. Y creo necesario hacer una justa reinvindicación de nuestro Patrón, San Millón, en los días de su celebración; sin duda, la poderosa atracción de la Virgen ha oscurecido el digno papel de un Santo traído por los repobladores navarros.

Pero las tierras altas de Albarracín tuvieron que soportar otros males mayo­res: pestes, guerras, la hostilidad de los concejos castellanos que organizaban “cabalgadas” con el fin de saquear la riqueza del país, principalmente cabezas de ganado; y en su propio hábitat las incursiones del “Caballero de Motos”, sutíl personaje que asoló nuestro término durante gran parte de la segunda mitad del siglo XV. La Torre de Motos, su base de operaciones, fue destruida por Fernando El Católico, poco de lo bueno que hizo por nosotros, si analizamos su actuación en el contencioso sobre la jurisdicción civil y criminal de Gea, Patio del Rey Don Jaime, Valdepesebres, Llano de Gea, Cascantejo y otros procesos de contrafuero. Este clima de inestabilidad propició la creación de Hermandades entre las aldeas y villas fronterizas del Reino de Aragón y Castilla: Beteta, Moya, Tragacete, Cuenca, Torru­bia, El Sesmo de Alcorón… Y esto me recuerda que todavía tenemos que saldar muchas deudas con el exterior: San Millán de la Cogolla, cuna de nuestro Patrón, o con los vecinos de Tronchón, nuestros hermanos de devoción. Quien diría que una imagen venerada en una ermita de dicha población, La Virgen del Tremedal, ha logrado desdibujar y relegar a un lugar secundario del santoral al patrón de la población. La obstinada defensa de una de las tradiciones que considera al pastor que se apareció La Virgen originario de Tronchón, y el fervor que han demostrado en las concentraciones marianas, los eleva con todo merecimiento a la categoría de hijos predilectos de Nuestra Madre.

Los inicios de la modernidad nos presentan dos instituciones de singular valor entre nosotros; el establecimiento de La Canonjía de Orihuela el 22 de mayo de 1512 y el desarrollo de la Cofradía de la Esclavitud, enraizada en sus orígenes medievales.

Sin duda, Orihuela fue una de las aldeas que siempre se mostró a favor de la separación de ciudad y Comunidad, gracias a la postura de firmeza de sus vecinos “patricios”. Sin embargo, la consecución del Privilegio de Separación por Carlos II en 1689, supuso ni más ni menos la victoria de los grandes propietarios de ganado en su dilatada lucha por conseguir nuevas áreas de pasto. En este mismo salón se discutieron las condiciones de dicha separación y se redactaron las amplias Orde­naciones de la Comunidad de 1696.

Dicen que el siglo XVIII es la época de oro de la Virgen del Tremedal. La construcción de la iglesia parroquial no creo que fuera debida “a los perjuicios espirituales que ocasionaba el pendiente de la escala que se subía para la iglesia antigua respecto de los curiosos y maliciosos que observaban las mujeres que subían por ella, por la indecencia con que éstas permanentemente se les manifestaban”. Y he añadido palabras textuales de las razones que exponen conjuntamente Clero y Ayuntamiento ante la visita pastoral del Obispo en 1766. No sé si una solicitud de este tipo hubiera tenido éxito en alguna institución actual. Pero sí es digno de elogio afirmar que gracias al pleito ganado ante el Cabildo de Albarracín, con la cuarta parte de las rentas decimales que este pueblo satisfacía al estamento eclesiástico, po­sibilitaron que en breve plazo, tres años, con la financiación de estos impuestos y el esfuerzo de los oriolanos enrolados en turnos de 100 personas lograron lo que hoy es orgullo para todos nosotros. Y me pregunto, ¿si con la cuarta parte de los diezmos que este municipio pagada se pudo construir una iglesia de tipo catedralicio, cuánto expolio y miseria sufrieron nuestros vecinos de las autoridades religiosas? Inclusive se negaron a otorgar el permiso necesario para la realización de las obras. Muchas veces, pues, lo material se impone a lo litúrgico desgraciadamente.

 

Finalizada la construcción de la iglesia queda configurado definitivamente el diseño simbólico del trazado urbano de nuestras calles: la arquitectura religfiosa superpuesta en un plano dominante sobre las construcciones civiles. Pero no nos vamos a centrar en las casas solariegas del dieciocho. Hubo dos centros ermitaños en los alrededores de Orihuela. ¿Quién no recuerda el enclave de Santa Quiteria, reminiscencia de un lugar sagrado saqueado por los franceses, o qué cazador no conoce la ermita del Torrejón?. Y aquí sí hay que incidir con firmeza porque el entorno de este paraje tiene una gran importancia por varias causas: depósito de fósiles, yacimientos de la Edad del Bronce y Celtíbero. Aquí mismo D. Pedro Fernánddez del Rajo y Gómez, paisano nuestro, construyó dentro de su propiedad una ermita dedicada a su buena esposa Ursula Beltrán. Dicen que la Virgen se llamaba Manuela. D. Pedro era miembro de una de las más ilustres familias afincadas en Orihuela. Los Fernández Rajo destacaron en la disciplina jurídica, notarios de Albarracín y de Orihuela, ya citados al menos en el siglo XV. Por su posición social ocuparon puestos destacados de la vida política: Procuradores Generales de la Comunidad, Regidores, Síndicos, Rectores… Nunca negaron su origen oriolano a pesar de la reinvindicación de algunas voces de Albarracín. Aquí tuvieron su casa, basta comprobar con suma minuciosidad el escudo estampado en la ermita del Torrejón y el blasón que preside la fachada del Restaruante La Sierra para identificarlos. Y para más honor fundaron una Capellanía en la propia parro­quial para que descansaran los restos de su estirpe. Pero Fernández del Rajo y Gómez fue médico de Cámara de Felipe H y Catedrático de la Universidad de Valencia. Durante sus horas lectivas recordaba a sus alumnos su amado Torrejón. También sobresalió como astrónomo, matemático, y cuantas cosas más. Murió en 1606.

Pero sin duda el valor arquitectónico y artístico de su artesonado, la simbolo­gía de su encalve, tiene un valor incalculable pues se combina Ia excelencia de un edificio singular con las cualidades del paraje que lo envuelve. Sería denigrante dejar que el tejado se hundiese y entre sus escombros se ocultase para siempre la techumbre y maderamen tallados, la estructura original de la planta de su cabecera en forma heptagonal, el blasón y la inscripción dedicatoria. Hagamos un esfuerzo todos por recuperarlo.

Una de las inclinaciones de nuestro protagonista manifiesta sus inquietudes ecologistas, que debemos fijar en el marco de la época. Interesado en la protección del espacio arbóreo en su trilogía de explotación forestal, extracción de leñas y apro­vechamiento de pastos. El perfecto conocimiento de las Ordinaciones de La Comu­nidad a este respecto las Ordenanzas particulares de Orihuela, amén de su especia­lidad jurídica fueron en su día armas de doble filo en la defensa de los Comunales de Las Lomas y El Torrejón. Antaño nuestros vecinos comunitarios ya pretendieron consolidar sus derechos sobre El Privilegiado; sin embargo un documento del concejo de Albarracín de 1299, copia de un previlegio anterior de D. Juan Núñez de Lara, Señor por entonces de las tierras de Albarracín, bastó para apagar cualquier reivindicación foránea. La sentencia del Justicia de Aragón en 1611 dejó las cosas en su sitio.

La destrucción sistemática del bosque para suministrar carbón vegetal a las herrerías (por ello es frecuente la presencia de vizcaínos y gascones, técnicos de la industria del hierro), el desarrollo de las carboneras, la picaresca del “matute”, los “moncayos”, actividades que fueron básicas en su época, tal vez compensen la contemplación actual de las bellas rejas de hierro forjado que presiden muchas fachadas.

 

El siglo XIX tiene un tratamiento más exhaustivo por hallarse más cercano a los hechos coetáneos de nuestro autor. Las negativas consecuencias de la Guerra de la Independencia estudiadas por varios autores, el incendio de la población, la pre­sencia francesa durante 1809-1811, la destrucción del Monasterio y sus anexos, el enfrentamiento armado ante las tropas del general Henriot en “Malatarde”, las acciones del general Villacampa, el refugio de La Junta de Aragón… tantos y tantos acontecimientos que preludian la crisis generalizada del siglo decimonónico am­bientada en las guerras carlistas, fiel espejo de la España de las dos caras. Orihuela se vio envuelta en una profunda crisis que tuvo como resultado inmediato la concesión de Feria por Fernando VII para resarcir a este municipio de las llagas de la guerra.

Pero como un ilustre albarracinense dijo en su día, cada vez que los procura­dores de Albarracín solicitan una “gracia” especial al monarca, antes van los doblones rodando por el suelo. En este caso a Orihuela le costó 600 reales de entonces.

Antaño fue el monasterio el foco de atracción de un comercio fluido ahora será la feria la que permitirá la vorágine de las transacciones comerciales. ¿Quién no se acuerda con nostalgia del ambiente dinámico de la feria?.

Sin embargo, el justo desarrollo de los movimientos sociales acentuó los conflictos en el panorama social de Orihuela. Sólo vamos a citar un ejemplo: las hojas correspondientes a las Actas de Sesiones del Trienio Liberal, 1820-1823, están arrancadas; aires de libertad que corrieron durante este período que algún desa­prensivo quiso que no pasaran a la historia. No todo fue negativo. Muchos se acordarán de las madrugadas veraniegas o la larga vela nocturna esperando el turno de agua para poder regar su huerto. Una comisión de cuatro agricultores a modo de Tribunal de Las Aguas se encargó de regular el cauce del río y fijar los turnos que de forma constitudinaria han pasado de padres a hijos.

No podemos olvidar la dimensión humana de José María Miguel Poves, único protagonista del acto que hoy conmemoramos. Hace siete años tuve la oportunidad de conocer el archivo particular de D. Pascual de Miguel y encontrar legajo tras legajo el manuscrito original escrito de su puño y letra. Sin duda cuando en la actualidad es frecuente ensalzar personalidades o hechos que han tenido una trascendencia vital en la economía doméstica, D. José María Miguel ocuparía un lugar de honor como tantos otros: D. Juan Sánchez, las familias Bonacha, Toyuela, Arganza, Franco, Fernández Leiva, Fernández Rajo, Barón de Escriche… No se trata de rescatar la antigua denominación del callejero. El reducido azulejo incrustado en la fachada de la plaza que nos precede recibió los golpes de la picota y sería el primero en reivindicar. Nunca jamás se llamó Plaza de La Constitución. Muchas cosas quedan por hacer. Sin embargo D. José María nos ha transmitido un mensaje de solidaridad que no podemos dejar pasar desapercibido. Si bien hay que aplaudir en su justa medida esta iniciativa del Ayuntamiento de Orihuela por rescatar una publicación casi perdida sobre el acontecer histórico de nuestra localidad, sería deseable que esta manifestación cultural no sea un hecho aislado. Antaño fueron Juntas, Cofradías, Hermandades… ahora corren otros tiempos. La sociedad de Ori­huela demanda con urgencia una infraestructura cultural, para grandes y para “chicos”, necesaria para proyectar las inquietudes de la juventud. ¿Qué mejor que invertir en la juventud, en nuestros propios hijos, que son el germen de nuestro más próximo futuro?. Por supuesto amparada por las autoridades culturales del muni­cipio, pero a su vez su significación debe cobrar mayor valor como cauce adecuado donde converjan energías dispersas. Experiencias paralelas existen: unas con una fi­nalidad concreta: La Junta de la Virgen; otras como Las Peñas, de las que hay que aprovechar su poder de convocatoria y ampliar el horizonte de sus objetivos, porque con un poco más de esfuerzo podemos conseguir simplemente perseguir objetivos comunes, favorecer el trabajo en equipo, en difinitiva servir a la colectivi­dad. No sigamos, pues, con protagonismos testimoniales.

No quiero olvidar la ilusión que en su día puso D. Pascual de Miguel en este proyecto. Sin duda es el orgullo de un hijo el reconocimiento público de la labor de su padre. Lamento personalmente la ausencia de Doña Carolina Malo de Molina y Picó, su esposa. A Don Marcelino Casas Fornes por su plena confianza en mi persona cuando hace muchos años, tantos que no me acuerdo, accedió a presentar­me el original completo para poder dar a la luz esta publicación. A todos ellos mi agradecimiento. Por último, a todos los presentes, que la reedición de estas suges­tivas notas de D. Miguel no supongan un alto en el camino y sirvan de acicate de nuevos y prometedores proyectos. Muchas gracias. 

Orihuela del Tremedal, Octubre de 1990
JUAN MANUEL BERGES SÁNCHEZ

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